¡Los chicos no lloran! O:
¿Cómo estamos criando a los niños?
por
Mientras
la crianza de las niñas se enfoca cada vez más en darles herramientas
para que se empoderen y sepan que pueden ser lo que quieran ser, la de
los niños sigue manteniendo sus estructuras conservadoras basadas en
estereotipos de género. ¿Es hora de criar hijos feministas?
Un domingo cualquiera en uno de los restaurantes
favoritos de mi hijo, que no es realmente un restaurante sino un
emporio del entretenimiento infantil que sirve comida rápida, mientras
ayudaba a Luca con un juego que implicaba que saltara como un conejo
sobre una plataforma fui testigo de una escena escabrosa, pero muy
común. Un padre de mi edad trataba de lidiar con el llanto de su hijo
de, calculo, unos 3 o 4 años. Era claro que el niño
quería decirle algo, pero no era capaz de encontrar la manera de
hacerlo y su única salida fueron las lágrimas. El papá, muy frustrado
por el comportamiento de su hijo, en lugar de buscar la forma de
calmarlo o ayudarle a expresar lo que sea que quería decirle, prefirió
empezar a gritarlo: “¡Deje de llorar como una niña!”. “¡Sea varón! ¡Las
que lloran son las niñas!”. “¡Diga qué es lo que quiere, pero deje de
berriar como una nena!”. Cada frase me atravesaba como un puñal. Quería
taparle los oídos a Luca. Quería también salir corriendo y abrazar a ese
niño desconocido, que quizás quedaría condicionado de por vida a creer
que sus sentimientos no solo no son válidos, sino que van en contra de
su hombría. No fui capaz de quedarme callada. “Señor, disculpe, ¿pero es
que acaso ser una niña es algo malo?”. “No señora”, me contestó
sorprendido. “¿Usted es consciente de lo que está haciéndole a su hijo
al decirle eso?”, completé. Eso ya le pareció demasiado. Con mirada
reprobatoria me tildó mentalmente de ‘feminazi metida’ (lo pude sentir)
jaló a su hijo de la camiseta y se fue a otra esquina del lugar a seguir
diciéndole sandeces a su heredero, me imagino.
La escena me rondó
la cabeza durante varias semanas. En especial porque desde el momento
en que supe que sería la madre de un varoncito sentí que mi gran
responsabilidad sería criar a un hombre que jamás osara pensar o sentir
que su sexo lo ponía en una situación de privilegio sobre otro,
cualquier Otro.
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La
famosa frase de Simone de Beauvoir “No se nace mujer, llega una a
serlo”, ha marcado más de 50 años de búsqueda, análisis, teoría y debate
acerca de lo que significa ser mujer.
O para ser más actuales dentro de los estudios de género, qué significa
ser mujeres. Hemos podido analizar, sopesar y entender las identidades
femeninas para encontrar un lugar en un mundo que hasta hace muy, muy
poco nos estaba negado. Un mundo en el que fuimos, y en muchos acasos
aún somos, ciudadanas de segunda categoría. O el segundo sexo, como
tituló Beauvoir su famoso texto, entendiendo que había un primer sexo:
el masculino.
“Sin duda, las mujeres hemos recorrido un camino
donde hemos cuestionado y transformado las maneras de ser mujeres y
transitado desde el espacio privado al que se nos limitaba, hacia el
espacio público donde hemos disputado el poder político y financiero”,
me aclara Mónica Roa, abogada especializada en la defensa de los
derechos sexuales y reproductivos de las mujeres. “Este proceso está
estancado porque los hombres no han hecho un tránsito paralelo donde
reclamen su lugar en los espacios privados y no han asumido su parte en
las labores de cuidado”. Y en gran medida, creo yo, los hombres no han
hecho ese trabajo en paralelo, porque desde la crianza, desde lo que les
estamos enseñando en los hogares, no les hemos dado la oportunidad de
descubrir o de entender que también hay otras maneras de ser hombres,
que no necesariamente se fundan en las bases de la fuerza, la
agresividad y el poder como los valores principales.
La vulnerabilidad y la empatía fueron clasificados como bienes no masculinos, y por lo tanto los hombres
no han logrado apropiarse de estos valores con tranquilidad, porque
sienten que cuestionan su hombría. Pero es que al final del día, ¿qué
significa ser hombres? ¿Cómo pueden los hombres expresar emociones
diversas sin sentir que dejan de ser hombres? Creo que esta es una
circunstancia marcada por la sociedad y un deber ser, que de ninguna
manera corresponde a una predisposición biológica. Los bebés son
cariñosos y requieren de cariño, apego, brazos, sin importar su sexo. Es
luego, cuando están más grandes, que empezamos a marcar diferencias en
la manera como tratamos a los niños y a las niñas. Todo muy marcado por
ese mundo azul y rosa que divide en dos las secciones de juguetes, los
cuartos, los útiles escolares y hasta los huevos sorpresa. ¿Pero quieren
que los sorprenda? El azul no siempre fue indicativo masculino y el
rosa femenino. Al contrario. Hasta el siglo XIX el azul era el color por
excelencia de las niñas, pues emulaba el manto de la virgen. El rosado
era viril, pues no es más que el rojo diluido, el color de la sangre, la
lucha, la guerra.
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“Cuando
Salvador estaba más chiquito le compré una muñeca, un bebé, como para
que tuviera juguetes que no fueran tan masculinos que era lo que más le
regalaban. Pero él no se interesó por el muñeco. Lo que le gustan son
los carros. Pero trato de tener siempre las dos opciones”, me contó
Pilar, la madre de Salvador, quien ha pensado mucho el tema de cómo
quiere criar a su hijo por fuera del estereotipo heteronormativo. “No
quiero que mi hijo sea un hombre, un macho, sino que sea un ser humano y
que pueda expresar sus sentimientos y pintarse las uñas si eso es lo
que quiere. Tener novias o novios, lo que sea que él quiera. Que pueda
ser un ser humano más libre que la gente que fue educada como fuimos
educados en mi generación”.
Melba, mamá de Matilde y Rodrigo,
también se ha hecho preguntas: “Espero no estar imponiéndole un rol de
género sin darme cuenta. Creo que muchas veces son actos inconscientes.
Hay mucha cosa adquirida de la que no nos damos cuenta. Mucha maña
adquirida. Y creo que además está tan impregnado en la sociedad que a
menudo no lo notamos. Hemos normalizado unas conductas muy
deterministas. Desde el disfraz que uno decide ponerle al niño en Halloween
y los juguetes de armas y camiones. Y para la niña la muñeca”. Yo,
madre de Luca, por mi parte debo reconocer que me satisface mucho que mi
hijo exprese sus emociones. Últimamente dice: “Quiero llorar” o “Estoy
triste” o “Estoy feliz”.
Pero
más allá de las emociones y la empatía, este cambio va también a que
desde pequeños aprendan a colaborar con las labores del hogar. Lavar
platos, tender camas, cocinar y cuidar de otros. El feminismo
en su acepción más pura significa igualdad entre los géneros, y esta
tiene que extenderse a todos los derechos, deberes y oficios del ser
humano.
¿Dónde
comienza el cambio? ¿Cuál es el paso a la acción que nace de la buena
intención? Yolanda Reyes, pedagoga especializada en primera infancia y
escritora me aseguró que todo viene del ejemplo y que es un trabajo
diario. “Pero no me refiero a ejemplos deliberados o esporádicos, sino a
algo más profundo y cotidiano en las relaciones familiares y
educativas”, explica Reyes. “¿Cómo son los roles en la casa? ¿Cómo se
han distribuido las labores de producción y de cuidado? ¿Cómo se
relacionan los padres, tanto si viven juntos como si no? ¿Cómo se
expresan las emociones, por ejemplo, las alegrías y los duelos? Y si hay
hermanas, todas estas preguntas también son indispensables pues
inconscientemente podemos exigir labores distintas (por ejemplo, en el
trabajo doméstico) y reacciones distintas según el género. Más que
claves específicas, creo en una constante problematización de los
modelos que heredamos, que "saltan" sin que nos demos cuenta en los
entornos familiares (y no solo en el círculo inmediato sino en la
familia extensa) y en los entornos escolares”.
O
sea, es un cambio de paradigma que necesita de una consciencia. Porque
la crianza es el acto más político que emprendemos los padres. Es la
responsabilidad de formar a los ciudadanos del futuro y darles las
herramientas para crear sociedad. De cómo criamos depende la sociedad
que gestamos. Es decir que las decisiones que se toman detrás de la
puerta no solo afectan el entorno familiar, afectan todos los entornos
en los que ese pequeño o pequeña será activo el resto de su vida. Es un
efecto dominó. Y acá debo recurrir a una frase de la famosa escritora,
periodista y feminista norteamericana Gloria Steinem: “Estoy contenta de
que hayamos comenzado a criar a nuestras hijas más como a nuestros
hijos, pero no funcionará hasta que criemos a nuestros hijos más como a
nuestras hijas”.

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